Una ventana en el cielo...

miércoles, 3 de julio de 2013

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   La ciudad esta apagada, casi llorando, y sus corazones son lo único que brilla en este rincón.

   Niños: éste carrusel-espiral en el que estamos paseando tiene subidas y bajadas, igual que el alba y el ocaso, la risa y el suspiro, como el calor y el frío, como sus ojos y las sombras...  Y aun cuando parece que nos perdemos en dicotomías o veredas bifurcadas, no todo es lo que parece hijos.  La melodía por ejemplo, que con las primeras células melódicas nos abren una puerta, nos pasean por habitaciones mas complejas, pasando a unidades y periodos que generalmente ascienden, nos lleva de frase en frase hasta marcar la cadencia y así, llegar al clímax que revela el motivo o la intención de la melodía.  Muchos creerán que allí finalizó el momento, que terminó la "conversación", que la melodía dejó de influir, pero ustedes no, ustedes descubrirán que ésta trasciende, permanece, revive en el recuerdo, en la remembranza, en el silbido, incluso en los aromas, en los colores, en la piel, en la saliva y en el viento.  Ustedes verán que el amor viene en cristales de muchos colores.

   Para ser sinceros, éste sueño en ocasiones es mas difícil que la realidad, el viaje en el mar de sus alegrías tiene un oleaje fuerte, imponente, incluso caprichoso.  Además de lidiar con las inclemencias y las virtudes del clima -el viento, la temperatura y su humedad- nos enfrentamos a las contingencias del mundo y más que nada, fluimos en la Voluntad de Dios.  El periplo en éste mar es infinitamente mágico, kaleidoscópico e insólito, son instantes sobre instantes, tantos de ellos que nos aplastan de amor, nos revientan de orgullo, nos queman de alegría y nos inmolan de agradecimiento. No es sencillo hijos, no es nada sencillo, como no lo es para la flor al abrirse con el sol, o para la mariposa salir del capullo, no es sencillo, como no lo es tampoco para el diamante que aún está en bruto, ni como para el árbol al despojarse de las hojas en otoño, pero quizás el mejor momento para explicar ésto no será ahora, sino hasta el día que ustedes puedan ver la orilla del universo en los ojos de sus propios hijos; hasta entonces, solo seremos condescendientes con los rastros de los malos ratos, de los vasos rotos y las puertas cerradas, de las palabras afiladas y las danzas paganas; seremos transigentes con las ausencias y los silencios, con la sal y la penumbra, con todas las pesadillas que les aquejen, y sobre todo, seremos aquiescentes con el dolor.  Las manos se nos podrán derretir en el fuego de sus llantos, se nos podrá secar la boca con todos sus gritos, se nos podrán comprimir los pulmones con sus miradas y hasta incluso perder la razón con la lógica del futuro, pero tengan la certeza de que nunca, nunca los dejaremos de amar.

     Sabemos que no hay excusas, razones, justificaciones o argumentos para bajar la mirada, para creer que lo hacemos mal, para dudar ni mucho menos retirarnos; entendemos que el hilo es delgado, pero fuerte e infinito; vislumbramos el fondo del pozo a través de sus suspiros y caemos en él con los brazos abiertos y la sonrisa madura, y así será, una y otra vez, en ocasiones será mamá Topazio, en otras solo papá Vahíd, tal vez seamos los dos al mismo tiempo, quizás lleguemos a caer en él desde el cielo, desde las estrellas, desde el Ridván, quizás gritando o solo en silencio, pero siempre tendrán a alguien que los estará buscando para alcanzarlos y cerrar los brazos alrededor de sus pechos, cantándoles al oído para arrullar su corazón.

   Siempre, siempre, siempre, tendrán el amor de sus padres... impregnado en la existencia.



 

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